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Juan Carlos Batista. El paisaje amnésico

5 de junio / 30 de julio de 2012

Las apariencias engañan y no todo es lo que parece, son frases coloquiales que utilizamos habitualmente y que podrían perfectamente acotar el complejo territorio donde se mueve Juan Carlos Batista. La fotografía  le sirve desde hace tiempo para desarrollar algunos de sus mejores trabajos, debido sin lugar a dudas a los infinitos medios que posee de manipulación de la imagen.

Las nuevas tecnologías digitales, lejos de restarle fuerza, otorgan aún más vigencia a su utilización, demostrando su versatilidad e ilimitadas posibilidades de creación y re-creación de imágenes. Cada una de las fotos de Juan Carlos Batista construye un simulacro, una ficción, que no pretende aparentar veracidad. Nada más lejos de su intención.

La visión de la realidad que poseemos hoy en día está  profundamente contaminada por los medios de comunicación y las tecnologías asociadas. La realidad es un producto de consumo más, fabricado, editado y envasado para contentar a un mundo global que demanda información de consumo rápido. Vivimos en un mundo cada vez más irreal, cuyos simulacros, producidos en serie, satisfacen  los deseos, igualmente fabricados, de una población que necesita entender lo que sucede sin ahondar ni profundizar demasiado. Ante este universo fantástico y engañoso  Juan Carlos Batista se inventa una serie de ficciones con las que construye una realidad; Una realidad, sin embargo, no menos real que aquella que se venden como verdaderas.

En la serie El paisaje amnésico, Batista  utiliza la decalcomanía inventada por el surrealista canario Óscar Domínguez para recrear atmósferas cambiantes. En su elaboración hay que  introducir gouache líquido entre dos hojas de papel y luego presionándolas de un modo no controlado. Juan Carlos Batista obtiene fotografías a partir de decalcomanías que titula decalco fotografías, y esto le da numerosas posibilidades para crear nuevos paisajes.  

El artista nos cuenta que, tras examinar  centenares  de decalcomanías, pudo extraer un minúsculo paisaje:

“Fue  una lúdica e inocua manera de  colonizar ‘nuevas tierras’. La cámara disponía de un objetivo con varias lupas un poco precarias, sujetas con cinta aislante negra. La distorsión óptica permitía acercarse más a una fotografía, subscrita a una estética conocida por ‘cámara pobre’, que a unas caprichosas  manchas de tintas”.

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